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La Castellana
Revista digital bimensual
Poesía joven en español

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Víctor Salinas Rubio
vsalinas@e-absenta.com


 
7:50 AM


Camilo Brodsky
(1974, Chile)

Galilea
El zelota, cara al mar en Galilea,
mensura la distancia, consume
el vaivén silente de los botes
las pequeñas barcas que recogen
hombres, almas, peces; sueña
detrás de ese silencio una guerra
sin tregua ni sentido; un Armagedón
de tropas caídas desde el ocaso
sobre las duras tierras de Yafo.

se ve el zelota desnucado, el cuello
desunido de su centro y su estructura
colgando como la piltrafa en que amenazan
convertir su cuerpo los romanos, los
viejos sacerdotes acosados en el Templo

—es tan breve el espacio de tiempo entre la prédica, el
desierto y las visiones; algo palpita en su pecho,
ya inerte en cierta forma, predestinado al silencio, la
precariedad de los siglos y el garrote vil—

Sin saber aún si está dormido
busca el zelota el refugio de su manto

y sueña un infierno imposible de
legiones carmesí y holocaustos.

Sueña el zelota la quema de brujas, la
muerte mínima de Menocchio;

a Torquemada sueña el zelota
sobre un trono de lenguas maldicientes,
borrachas, temerosas

y despierta con escalofríos
cuando va subiendo el viento tibio
desde el mar de Galilea.


El zelota ante el discípulo

Qué sabes tú, que no
despiertas de la fiebre en medio
de una guerra de dos mil años
con el reflejo de las hojas del bambú sobre tu piel,
ahí donde no hay vinagre para
calmar la calentura de tu cuerpo ni
agua para dominar tu sed

si tan sólo no tuviera el rastro, la
estela del amor, el
ojo de Dios sobre la nuca, este silencio
retumbando en mi cabeza como arena en un reloj de cuero;

estas manos listas a empuñarlo todo

estos ojos

hoyos secos en mi cara que te miran
preguntando por el brillo de los tuyos.


El zelota piensa en la muerte y sus repercusiones inmediatas
Acaso moriré hoy —piensa el zelota
en medio de la renuncia que el fogonazo
podría convertir en heroismo.

Se toma el estómago. El dolor en el
costado casi lo dobla sobre sí.

Podría morir hoy —repite como un mantra.

El cansancio no le nubla el pensamiento.

Se ve el zelota, sin embargo, ejecutando
danza de lobos en el Friuli
cuidando las cosechas de unos campos que aún ignora
coloreados como cuadros de Van Gogh por el estío, y no percibe
ningún cuerpo dando un golpe seco
contra el suelo y la arena
rojiza.

Morir —piensa el zelota muy adentro de su
propio silencio— no es lo que quiero para mí en este día
jalonado por el viento en Galilea.

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